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Entre aulas y sueños

Campus
Tijuana
1 de Octubre de 2026

“Traten de vivir para poder ver el pasado y decir: “qué buena vida tuve”.

Blanca Carolina Silva Burgueño, estudiante de psicología en la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), unidad Valle de las Palmas, recuerda con claridad dos detalles de su primer día universitario: el incendio en un cerro cercano a la facultad y la tranquilidad con la que recorría los pasillos mientras su coordinador intentaba mantener la calma.

“Mi coordinador estaba nerviosísimo; cada cierto tiempo me preguntaba si estaba bien”, recuerda entre risas. Para ella, aquella escena no era nueva: “Ya había pasado por incendios en otras escuelas”, narró. La anécdota resume gran parte de su trayectoria: una constante combinación entre la preocupación ajena, la adaptación cotidiana y una resiliencia construida desde la infancia.

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El redescubrimiento de una vocación

Antes de elegir Psicología, la primera opción profesional de Blanca era Medicina. Sin embargo, el desgaste emocional y la presión de los procesos de admisión la llevaron a reconsiderar su camino. “Realmente fue demasiado estrés y compromiso; no me estaba sintiendo feliz”, explica.

Tras no ser admitida en dos ocasiones, decidió enfocarse en un área que despertó su interés desde la preparatoria: la psicología. Con el tiempo, descubrió que aquella decisión no representó un fracaso, sino la oportunidad de comprender mejor las dinámicas humanas y sociales. “Entender cómo el entorno social afecta totalmente todo lo que haces en tu vida se me hizo muy lindo”, expresó.

Desde niña, Silva observaba con atención a quienes la rodeaban. Mientras sus compañeros jugaban en la clase de educación física, ella permanecía sentada analizando comportamientos, conversaciones e interacciones. “Siempre he estado muy pensativa sobre cómo cambiaría todo el entorno social por una sola cosa”, relató.

Desafíos y diagnóstico: la vida con diplejía espástica

Actualmente en sexto semestre, Blanca vive con parálisis cerebral infantil y diplejía espástica leve. Su experiencia académica no solo refleja los retos estructurales que enfrentan las personas con discapacidad en las universidades mexicanas, sino también la trascendencia de la empatía, la inclusión y las redes de apoyo dentro de la comunidad estudiantil.

Su discapacidad fue consecuencia de una falta de oxígeno en el cerebro durante un nacimiento prematuro. Ante esa situación crítica, explicó que su cuerpo priorizó las funciones cognitivas sobre las motoras. Como resultado, desarrolló dificultades motrices en las extremidades inferiores debido a la rigidez de los tendones. Aunque enfrenta limitaciones físicas, asegura que en el plano cognitivo no presenta ninguna afectación.

Sin embargo, crecer con una condición visible implicó convivir con preguntas incómodas, miradas frecuentes y prejuicios derivados del desconocimiento. Lejos de asumir estas actitudes con resentimiento, considera que gran parte del problema radica en la falta de convivencia social con la discapacidad en México: “No están acostumbrados, ese es el problema”, puntualizó.

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Inclusión y calidez en las aulas

Pese a las dificultades, su paso por la UABC ha sido positivo. Describe a sus profesores y compañeros como personas empáticas, comprensivas y solidarias. “Nunca me he sentido discriminada intencionalmente”, aseguró. Mencionó de manera especial a docentes de Psicología que la han acompañado en su formación académica, a quienes considera ejemplos de sensibilidad y apoyo.

Asimismo, reconoce que la naturaleza de su carrera favorece entornos más empáticos entre los estudiantes. Para ella, las conexiones humanas constituyen uno de los aprendizajes más valiosos de la universidad. “Lo único que nos une como personas es la socialización entre unos y otros”, reflexiona.

Barreras arquitectónicas y cotidianas

Aunque el trato humano en la universidad ha sido favorable, la infraestructura representa uno de sus principales desafíos diarios. Cuando se interrumpe el suministro eléctrico y el elevador deja de funcionar, subir cuatro pisos se transforma en una tarea compleja. “La mayor dificultad es que se vaya la luz y no sirva el elevador”, explica.

A esto se suman las largas distancias dentro del campus y las complicaciones del transporte público. No obstante, asegura haber aprendido a adaptarse constantemente: planifica sus recorridos, organiza sus actividades y procura no solicitar ayuda a menos que sea estrictamente necesario.

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Autonomía y proyección a futuro

Más allá de las metas profesionales, existe una razón profundamente personal detrás de su esfuerzo académico: garantizar su estabilidad médica y económica a largo plazo. “Necesito un seguro de por vida”, afirma con honestidad. Debido a su condición, requiere medicamentos y atención médica permanente, por lo que su objetivo es concluir la licenciatura, cursar una maestría e integrarse al ámbito clínico o institucional.

Su aspiración no busca el éxito económico desmedido, sino la construcción de una vida estable. Reconoce que la educación se ha convertido en la herramienta principal para compensar las barreras físicas que enfrenta a diario: “La educación te abre muchas puertas… trato de compensarlo intelectual o cognitivamente”, señaló.

Su deseo de convertirse en psicóloga nace también de la intención de ayudar a otros a resolver sus propios conflictos emocionales, motivada por las personas que influyeron positivamente en su vida. “Voy a tratar de darle un poco de lo que el mundo me dio”, concluyó.

Fotos: César Quiterio.

La historia de Blanca no se articula desde el pesar ni la tragedia, sino desde la capacidad humana de adaptarse, construir vínculos y encontrar un propósito a través de la adversidad.